El Pareo y la Deriva

- “¿Trajiste la mantita?”.

Se me viene mi hermana preguntándome eso en Mar Azul. Antes de hacerme Guardavidas, fuimos de vacaciones. O no sé si fue unas vacaciones en Monte Hermoso. Pero es ella con esa frase.

La mantita era para tirarnos en la arena. Teníamos varias, dos que eran chicas, habíamos comprado las mismas, en Jujuy o Salta. En un viaje que hicimos en distintos años con el colegio, como yo soy más grande, fui primero y compré una color crema de típica tela norteña. Se ve que a mi hermana le gustó y compró el mismo modelo en color bordó. Igual a la mía, distinto color. Las juntábamos para entrar las dos y tomar mate. Por que la medida era rara, 1.20mx1.20m. Igual no entrábamos pero nos las arreglábamos.

Mi abuela tenía una mantita también, una tela divina, gruesa, pero individual. Para que se acueste una sola persona. Medida: 1.80x0.80m.

Las mantitas me siguieron por varias temporadas, me rompe las pelotas que la arena se me meta en la tanga. Así que es de vital importancia.

En la costa argentina no sabés cuándo el viento te va a castigar. Que vuele arena es bastante fastidioso. Y se te vuela la mantita al carajo. Así que hay que tener a mano ojotas, mochila y algunos pesos para poner en los ángulos y fijarla.

En Brasil, me compré una toalla barata, tela de micro fibra. Era tan barata que compré varias para revender cuando volviera a Argentina. Lo mejor, era que la tela se la puede doblar de tal manera que casi no ocupa espacio. Esa toalla hizo las veces de mantita durante otras dos temporadas desplazando a la mantita salteña. Era toalla y mantita. Hasta que llegué a España. Y ahí todo cambió. Mi primer día laburando de Guardavidas, siento ruido a cadenas abajo del puesto. Un quilombo de ruido.

Miro para abajo, un hombre que asumo que era senegalés, estaba encadenando una valija a mi puesto. Lo saqué cagando. Le dije que no podía atarlo ahí porque era un lugar de trabajo. Bien ortiva.

No me entendió lo que le dije, ni yo lo que me contestó. Ahí me rescaté que era uno de los pibes que laburaba vendiendo pareos en la playa.

Me miró, me sonrió, terminó de encadenar la valija y se fue con varios pareos al hombro. Solo atiné a decirle: “Si vas a hacer todo ese quilombo para atar la valija todos los días, al final de la temporada me tenés que regalar un pareo”.

Se dio vuelta, me volvió a sonreír y me asintió con la cabeza. Yo se lo dije medio en joda, y medio en serio. Las telas de los pareos estaban buenísimas. Un compañero se compró uno y entrábamos por lo menos 8 personas y mochilas ahí. Pareo Super King. Como ya un par de los compas de trabajo tenían pareos, ni me lo compré.

El senegalés cada vez que pasaba, o arrancaba su día de laburo haciendo tremendo quilombo con las cadenas, me miraba y se sonreía. Me caía muy bien. Todos los compas le cuidábamos de alguna manera la mercadería que guardaba en la valija. Nunca nos hablamos. O él a mi al menos, creo yo por ser mujer.

- “Chau amigooo buenas ventas” le decía. Él me miraba y se sonreía. Éramos dos trabajadores de playa, al sol, en patas y ojotas todo el día, ambos, lejos de casa.

Último día de laburo. Pasa por enfrente del puesto, y le grito “Me gusta el azul!!!”. Se dió vuelta y me tiró un PAREO SUPER KING AZUL CON ARABESCOS MARROQUÍES DIVINO HERMOSO.

No sabía si agradecerle o devolvérselo. Atine a devolvérselo y me decía que No con la cabeza. No me dijo nada. Mi felicidad.

Tengo otro pareo Super King, pero ese se lo manguié a un marroquí, laburando en otra playa, pero él no me cayó muy bien porque se clavó en el puesto hablando dos horas, ¡Cómo extrañé al senegalés!. Fue tan fácil como pedírselo. Una tela hermosa, entretejida, con rayas blancas y celestes tirando a gris. Ese lo uso de frazada para la cama, es más abrigado.

Putié un poco porque no me entraban en la mochila de regreso a casa, tuve que ponerme encima y practicarle maniobras de RCP para poder cerrarla. Pero ya. Evolucioné de mantita a Pareo Súper King.

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